lunes, 16 de abril de 2007

UN IMPALA AMARILLO.
Lejos de la cogorza esa literaria de la que hablan unanímemente las reseñas, siento que con el final de 2666 se ha producido en mí un sentimiento de infinita tristeza que me acerca más a contemplar la historia de Archimboldi como parte de un todo que a individualizar su lectura, un eslabón perdido en la vida de Bolaño, y la de éste último, de la que he tenido noticia por la prensa, como un episodio trágico en la de aquél, no sé diferenciar la una de la otra, dónde acaba el tormento de Klaus Haas y donde el de éste, acaso no era eso lo que Bolaño pretendía, y me emociona el final del escritor, de ambos, tanto como lo hizo en Los Detectives Salvajes la huida hacia adelante de Belano en aquel país de Africa, que me sumió durante un par de días, y todavía cuando releo aquel pasaje, en una pesadumbre y un miedo fuera de toda lógica.

Lo de Bolaño es una putada. Ahora llegan los premios y los reconocimientos. Y después de 2666 aparece un lugar para el recuerdo, al lado de otros muchos, una tarde de invierno, está anocheciendo, con gafas de sol y pelo revuelto al volante de un Impala amarillo que se cae a trozos, el mismo que le cogió prestado a Quim Font, directo al fin del mundo. Y a su derecha, Ulises Lima.

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