domingo, 7 de junio de 2009

THIS IS THE END.
Hasta aquí hemos llegado. A confundir los sentimientos y a no saber diferenciar el trofeo más grande de campeón de cualquiera de los otros, ésos que premian todo eso que tanto se valora en el deporte y llenan la boca del que los pronuncia, si encima éste acaba precisamente de ganar, la constancia, el esfuerzo, la competitividad. Pamplinas. Tan mal lo hemos hecho que ninguna de las crónicas de ayer dejan de referise al partido con titulares parecidos y todas coinciden en lo mismo, que se cayó con las botas puestas y que hay motivos suficientes para sentirse orgulloso de lo visto. Y lo visto es que el peregrinaje de este año ha sido sufridisimo. Y que mejor que pasarse el año ganando y dando espectáculo, hace ya varios meses que desde la gerencia se apostó por el compromiso contrario, el de alimentar la estúpida sensación de ilusionarse con objetivos imposibles, asumiendo precisamente su imposibilidad y que de inalcanzable la victoria pudiera hacer que los fracasos parecieran bellos. Y la derrota tiene siempre el mismo color y se digiere fatal.

Y lo evidente no ocupa todo el lugar de todos los despropósitos cometidos ni impide una crítica que nos recuerde lo que se ha hecho mal. Y se ha fichado con el culo. Lo entiende mi abuelo. Se necesitaba gente grande y se trajeron bajitos. Hacía falta un tirador y se buscó a quien por encima de todo no la supiera meter. Sobran los nombres. No se escatimó el gasto. El problema fue sencillamente técnico. Los directivos descargaron la munición en la dirección equivocada y el entrenador se volvió loco mientras esperaba el milagro y la pagó con los mismos panolis de siempre. La lista comprende jugadores malos (Hosley, Pepe, Hamilton), sobrevalorados (Massey, Lazaros) y echados a perder por un quítame allá esas pajas de un par de años (Tomas, incluso Winston).

Por supuesto, era dificil aspirar a más. Hacerlo mejor era imposible. Y joderla tan repetidamente parece el sueño que parecía que nunca se iba a acabar. La cuadratura del invento culmina ahora con los rumores que apuntan que parece que por fin, ahora sí, viene Messina. Me subía en el coche contento con la derrota y tuve que tirarme un caldero de agua en la cabeza para ver las cosas de otra manera. No ibamos a ninguna parte.

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