Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta viajes. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de octubre de 2011

KATARINAHISSEN.
No tiene nada que ver con la casualidad. La casualidad son otras cosas. Tropezarte en un puticlub con tu jefe o lo de las historias de Julia Roberts. El caso es que El Premio es una de mis películas favoritas. De siempre. La ponían en la tele y me quedaba embobado viendo como puteaban a Paul Newman. Crecí obsesionado con el inexpresivo rictus de Darani y con el encanto de Elke Sommer. Hay un grado de voluntariedad forzada que impide hablar de casualidad a que el sábado haya comido en el restaurante del Katarinahissen, el mirador que domina la parte sur de Estocolmo, al pie de Soderlmann, desde donde el escritor que interpretaba Newman acabó zambuyéndose en las aguas del Báltico. Hay unas vistas espectaculares, puedes subir en ascensor o hacerlo por detrás de la colina, a través del Mosseback, que es una plaza que se llena de flipadillos los fines de semana. El restaurante no está mal, Erik Gondolen se llama, pagas por las vistas y por darte el capricho de imaginarte a Andrew Craig caminando por sus mismas escaleras, antes de recibir el Nobel. Yo estuve allí, podré decir cuando la vea.

sábado, 16 de octubre de 2010

MADO ISTAMBUL.
Pueden recordarse antes los sabores que todas las fotografías. No hace falta cogerse una guía para sentir que estás en ella o te das una vuleta por sus calles. A veces es más más fácil evocar una ciudad de la mano de sus bebidas o de sus postres. En Estambul, por ejemplo, pedí tres o cuatro veces baklava. Un pastel de nueces que para estar bien dicen que tiene que llevar pistacho y venir acompañado de helado. Está buenísimo. Me viene a la cabeza el del Medussa. O el que hacían en Mado, a la mitad de Istiklai Cadessi, una cadena de cafés muy populares, confundido entre las tiendas de antiguallas y los starbuck de la zona al que entras por causalidad y te cuesta marcharte. Eso mismo me recuerda ahora la ciudad un mes más tarde.

martes, 15 de junio de 2010

SOY RUSO, SEÑOR.
Ninguna guía de viaje te explica, por su propia naturaleza parecen pensadas precisamente para todo lo contrario, lo que necesitas. Todas hablan de los antecedentes históricos del punto, comenzando por el siglo III antes de cristo, y los amaneceres que no puedes perderte desde el pie del puente que está a tomar pol culo y al que puedes llegar en góndola, siempre ponen las fotos con la misma rubia destetada, a veces en ultraligero o en cualquier aparato que nadie sabe casualmente cómo contratar y sale baratito, por dos mil la hora.

Acabo de llegar de Moscú. Pues eso. Que no hay guía o foro de viajes en el que antes haya leido todo esto:

1.- La llegada. Aquí se podría subdividir el epígrafe en media docena de temas capados por un denominador común: la incomodidad. Su ministerio, nos decía al marchar un cubano que nos llevaba al aeropuerto. O sea: el tráfico, los atascos, los rusos al volante, los rusos en general, los madrugones y el aeropuerto de Domodedovo. Recomiendo meter en la maleta la colección de crucigramas de Ocón de Oro y mucha paciencia para tragarse el envite. Y si encima viajas con Iberia, a la nueva lista de adversidades, deberías de unir la ya conocida de nuestra compañía de confianza, los azafatos de mala ostia y los asientos de posguerra. De los menús de Arola, ni rastro.

2.- Los rusos. Son los del chiste de Eugenio, pero con más pasta. No me extraña que vean en los españoles (y pienso en algunos) a seres calidos y entrañables. Ellos son desafiantes. Ellas, aspiran a desfilar en las pasarelas y hacen carrera sobre la primera acera que se tropiezan, todas tiesas, con tirantes y tacones de diez centímetros. Fingen no haber visto un turista en decadas o haberse levantado de un sueño en el que ayer mismo Breznev era todavía presidente del gobierno.

3.- La comida. Hay un Friday´s en la calle Mendelevskaya donde Rocky hubiera podido comer a gusto e hincharse entonces a cheeseburger antes del gran combate. No te engañes pensando que los ochocientos starbuck pretenden dar cobertura a occidente haciendo que nos sintamos todos como en casa. Les gusta más el ketchup y las alitas de pollo que la leche caliente o la sopa ésa que no hay dios que pruebe.

El resto, lo de los zares, las torres del Kremlin y la checa donde aun se puede ver las oficinas de lo que fue el KGB, para las películas de James Bond o las guías de viaje, que te lo explican detalladito. En la foto, Gagarin, un crack.

miércoles, 1 de octubre de 2008


NOSOLOPUTASPUNTOCOM.

Tocamos a cinco putas por habitante. No necesito contar los anuncios por palabras ni el barómetro del CIS para ver que en este país de lo que estamos excasos es de otras cosas y que el plan ése de hacer acopio de provisiones para el invierno debería de comenzar por otra parte, que antes nos quedaremos sin agua que sin putas, si es que llegado el fatídico momento todos, las putas y los demás, podemos sobrevivir a la sed y luego nos quedan ganas de lo otro. Y vuelve uno de Amsterdam con esa sensación. Que la ciudad es preciosa. Los canales, el Palacio Real y la madre que los parió. La ciudad vieja, Joordan, la Torre de la Moneda. Los tulipanes y los quesos de bola. Pero que nuestras putas son mejores y que solo necesitan media docena de escaparates para demostrarlo.