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domingo, 5 de diciembre de 2010

HASTA LUEGO, MODERNUQUI.
Supongo que no se puede hablar con propiedad del tenis moderno en este país hasta la llegada a las canchas de Carlos Moya. Las raquetas era todas de madera hasta que apareció el balear, que además de lucir palmito y recordar con su imagen la de algún tenista de otra época (qué hermosa contradicción) llevaba entonces una melena que le hacía parecer cualquier cosa menos eso. Tenista y español. Los deportistas en España siempre han hecho de la sobriedad, no nos engañemos, su bandera. Resultaba impensable que en el equipo de Copa Davis hubiera un tío como aquél. De repente todos empezamos a comentar el fenómeno y a preguntarnos por sus éxitos. Se despidió del Open de Australia con gracia. Destrozó a Marcelo Ríos en los cuartos de Roland Garros del 98 y en su llegada al número uno era cuestión de meses confiar que, finalmente, ocurriese. En un analisis ponderado sólo quedará tragarse el amargor de no haber podido desligar su evolución de sus lesiones y consolarse con imaginar su progresión dentro de un escenario diferente del que le tocó vivir. Hubiera podido ser mejor, de acuerdo. Disfrutó de una gloria inesperada cuando disputó el Master del 2004 y prolongó sus triunfos, ganó algún torneo más y alimentó la fama de la que ahora presume en las entrevistas que aun concede para despedirse, nunca se tomó muy en serio. Muy grande Moya.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

OPEN, PLEASE.
Todos los libros autobiográficos, sin excepción, interesan más por lo que provocan que por lo que simplemente cuentan. A fin de cuentas que Agassi pasara por la farmacia antes de los partidos era algo que todos podíamos sospechar. Yo conozco tíos de más de treinta años que no son capaces de ganar un grand slam, no restan tan rápido anticipándose al golpe de esa forma y, encima de todas las desgracias, ya no pueden siquiera salir dos noches seguidas de marcha. Entonces qué me estais contando. Por eso decía que el caso es que todos, desde los de Pilar Urbano a aquel relato entrañable que Julianín escribió sobre su madre Carnima Ordoñez, siempre el polvo que remueven una confesión o unas memorias no es comparable a la calidad literaria ni a las virtudes del autor. En el caso de Open, la de Agassi, algunos han querido ver incluso la quinta temporada de Lost y tirar de la cuerda para preguntarse qué habría pasado con mi vida en otro caso, culpando a Agassi de los pecados propios y haciéndole responsable de los males del mundo y del futuro que sus actos malignos consiguieron evitar. Sergi Bruguera reclama, por ejemplo, el oro de Atlanta ´96. Cuántos nos acordabamos todavía de su plata. Como si no fuera castigo suficiente la humillación pública y el arrepentimiento.

jueves, 4 de septiembre de 2008

MI PRINCIPE.
Ahora ya sé que Federer nunca será premio Principe de Asturias de los Deportes. Y Sampras tampoco. Ni Agassi, Edberg, Bjorg o Connors. Cultivaba en secreto la esperanza de ver a cualquiera de ellos por Oviedo, pero éstas son las cosas que tienen los premios, su caprichosa arbitrareidad o su sometimiento a las normas más elementales del mismo mercado en el que mandan los mismos mamones de siempre, que entre votaciones y deliberaciones secretas y acaloradas permitieron la ocurrencia de formar un jurado con José Ramón Pindado o María Escario.

Pocas veces habrá criterios tan objetivos y errores tan flagrantes. Las comparaciones son odiosas. Nadie tiene tantos torneos de grand slam ni ha jugado nunca tan bien al tenis. Su revés es el mejor, es caballeroso cuando gana y las pocas veces que pierde lo hace también mejor que nadie. Le sudará la polla no haber ganado el premio, es un caballero, pero se hara cruces de pensar en la velocidad con la que se puede descender al mayor de los olvidos después de haber sido durante tantos años el más grande.