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miércoles, 6 de octubre de 2010

SOIS LEYENDA.
Para qué nos vamos a engañar. Nunca nos hemos caracterizado por mostrar un respeto excesivo a nuestras viejas glorias. Para empezar, nadie cuestiona si podíamos dejar de llamarlas así. Cualquiera se imagina a una leyenda en zapatillas, recostado en el sofá y con la cuchara de la sopa en la boca levantando un trofeo. Pero es que ni respeto, oye. No se trata de devolverles la admiración en cuotas mensuales o un homenaje chusquero de vez en cuando que escenifique como sea el tributo hacia los que algún día nos dieron un rato agradable. Agradecimiento, creo que se llama. Aquí se suele confundir el género. Se pasa de la devoción incondicional a la desconfianza al mercenario que solo actua por dinero y al final raro es el jugador que cumplida la treintena no se tiene que ir por patas de alguna pista o una sala de prensa, acelerar el todoterreno y meter tercera, aguantando los insultos y que le llamen hijoputa, lo menos.

Debe de ser un tema cultural. De la gloria al fracaso. Y de aquí, al infierno o a que devuelvas puntualmente lo que has ganado. No hay una asignatura en los colegios. La gente adquiere un sentimiento acreedor hacia el deportista que ya no rinde como debería. Los ejemplos, mucho peor, predican con habitualidad lo normal que resulta ver precisamente lo contrario. Cuando empiezas a cumplir años no deja de asombrarte cuanto tiene todo esto de estacional. Da igual que hayas metido un gol en diez años de carrera o que tengas cinco anillos de campeón de la NBA. El juicio no encuentra diferencias (para qué?) porque su denominador común (la edad) lo deja todo bien clarito y se ahorra tiempo y reflexión: tantos años, tanto vales.

Por eso se me ponen los pelos como escarpias viendo la foto que estos días aireaban en la Ryder. Alucinado por tanto homenaje velado o agradecimiento sincero que se ha visto por ahí. En España aun alguien la hubiera cogido y le hubiera metido mechero. Jubilaros todos, cacho perros. Como si lo viera.

domingo, 19 de julio de 2009

I NEED TO SLEEP.
El destino tiene a veces unos caprichos que son inaceptables. Estás tomándote una cerveza en el porche de casa y pestañeas, estás en el hoyo 9 de Turnberry, la gente te aplaude y tu sonries. Todo te parece gratis. Es lo mejor después del sexo, respondes con gracia al terminar el día en la rueda de prensa. Vuelves a torcer la cabeza y cuando tienes que prepararte para la siguiente pregunta notas un sentimiento común de compasión entre los que te miran con pena. Diles tú ahora que lo que necesitas es dormirte una siesta y despertar sintiendo que todo ha sido un sueño.

jueves, 16 de abril de 2009

DOS CHAQUETAS VERDES EN EL ARMARIO.
Me ponen tristes los éxitos deportivos y me molestan las derrotas. No encuentro consuelo en el deporte, eso está claro. Será porque soy un raro, o que no hay unidad temporal más cruel con el envejecimiento ni más fiable que esos campeonatos que se consiguen con regularidad, cada cierto tiempo, y te recuerdan con clarividencia el momento al que te empujan a la fuerza para poder revivirlo. No acostumbrarse a la victoria supone siempre hacerle un hueco en el tiempo a esos momentos en los que viste a Olazabal ponerse la chaqueta verde o a Carlos Sainz petando en una curva. Un pie de foto o una breve efeméride dicen más que una tarde tomando cervezas con los amigos. Hace diez años que un español, él mismo, ganó el Master de Augusta. Lo que ha llovido desde entonces ocupa el espacio justo que le hace uno en su memoria. Y justo ahora, lo recuerdo como si fuera ahora, mira tú, otros quince, que el propio Olazabal lo hizo además por primera vez.

martes, 23 de septiembre de 2008


QUÉ GRANDE ERES, PISHA!
La coincidencia quiso que la Ryder Cup estuviera durante algún tiempo ligada a mis fiestas. Cada vez que llega el torneo recuerdo el vaso que me regalaron con una botella de Johny Walker que me compré con Enrique para uno de aquellos sábados de San Mateo. Por eso no es casualidad que me acuerde que la edición de 1.997 se celebró en Sotogrande. O que me caiga tan bien este tío. Que hay que tener arte hasta para regalar la pasta y no todo el mundo sabe vivir bien pudiendo hacerlo. A Guti le quiso zurrar un ex-boxeador a la salida de la Ciudad Depotiva. Lo dijo el Marca. Al Pisha alguien le debería de hacer un monumento.